3 Septiembre 2009
A finales de curso (hace ya tanto tantísimo), hubo un día en el que sin saber muy bien cómo acabé en uno de los lugares donte bien organizados todos los estudiantes organizan sus reuniones sociales. Y allí estuvimos hablando de esto y de lo otro. Y ya no recuerdo tampoco muy bien por qué, Adrián me dijo que le encantaría que le dedicase una entrada en el blog. Así, sin más, sin ningún interés especial. Simplemente le hacía ilusión salir aquí... y como a mí me hace ilusión que salga pues le dedico esta entrada, de esta forma, cuando se haya convertido en un escritor famoso, podré decir que yo le conocía desde sus inicios literarios.
A Adrián nunca le he dado clase, pero como el roce hace el cariño, coincidir durante tres años en los pasillos del instituto intercambiándonos saludos y sonrisas le ha convertido en uno de mis múltiples alumnos adoptivos.
No recuerdo muy bien a qué se va a dedicar ahora que ha acabado 2º de bachillerato, pero sí sé que puede hacerse un hueco en el mundo literario: durante estos tres años en los que hemos coincidido ha ganado unos cuantos concursos literarios, pero lo mejor es que, independientemente de que gane concursos o no, escribe realmente bien y además le encanta escribir. También le encanta pensar y opinar y debatir y hemos tenido nuestros buenos cambios de impresiones que nos han permitido comprobar que nuestros puntos de vista sobre mil temas no es que sean distintos, es que son opuestos. Sin embargo, hemos sabido descubrir que hay otras muchas otras cosas en las que coincidimos, entre ellas el gusto por la literatura.
En fin, Adri, que aquí tienes la entrada prometida. A seguir bien.
servido por Eduardo
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31 Agosto 2009
Sí, los chicos del Corte Inglés lo han conseguido: cada vez que llega el uno de septiembre me empieza a merodear por la cabeza la musiquilla del anuncio: "volver a empezar... los nuevos amigos". El problema es que no me sé más canción y es agotador que ese volver a empezar te martillee el cerebro como un disco rayado (porque antes los discos se rayaban y repetían y repetían y repet).
Me imagino que más de uno de mis alumnos estará ahora de los nervios, preguntándose cómo es posible que el verano haya sido tan corto y le haya cundido tan poco, preguntándose si volveré de humor o no y si me importará que hayan hecho los trabajos de verano o no, preguntándose si el examen será difícil o no... Y puedo responderle a la mitad de las preguntas: a la primera no, porque tampoco yo entiendo cómo es posible que el verano haya sido tan corto y me haya cundido tan poco (claro, que cualquiera le dice a nadie que dos meses de vacaciones se te han quedado cortos). Pero sí puedo responder a la segunda pregunta: vuelvo de humor. Y a la tercera: sí, me importa, y mucho, que hayan hecho los trabajos, es todo un buen síntoma de que se han tomado la cosa en serio y de que tratan de enmendar los errores cometidos durante el curso. Ahora, a la última pregunta, soy totalmente incapaz de responder, porque dejé el examen hecho a finales de junio y ya no me acuerdo ni de qué texto entraba. Si no, lo mismo ponía aquí alguna de las preguntas, por si a un alumno se le ocurre pasarse a estas horas por este blog olvidado: no estoy seguro, pero creo que algo de la generación del 27 caía.
En fin, volver a empezar, de eso se trata: con nuevas energías, nuevas ideas y nuevas entradas en el blog, que ya iba siendo hora.
PS: Por cierto, he descubierto de casualidad y con sorpresa que ya llevo más de 200 post en el blog y 788 comentarios y 95.720 visitas desde que instalé el contador allá por junio del 2006... y que durante estos días en los que yo no me he pasado por aquí, siempre ha habido al menos cinco o seis que sí lo han hecho esperando que actualizase: mil millones de gracias.
servido por Eduardo
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22 Julio 2009
Uno de estos días tendré que llevar al bueno de Braulio a pasar la ITV. Siempre ha sido un coche muy valiente y no está en absoluto asustado, a pesar de que ya empieza a tener una edad y sus más de 170.000 kilómetros. Todavía no me he atrevido a decirle la que se le viene encima el año que viene con los viajes a San Martín de la Vega, pero seguro que ni rechista.
El caso es que he recordado uno de esos momentos duros que hemos compartido este año y que olvidé poner en el blog en su momento. Así que, a sabiendas de que el relato ha perdido la frescura de la inmediatez y utilizándolo como excusa para actualizar el blog os hago un sucinto resumen de lo ocurrido.
Fue un miércoles y el martes había sido un día duro: a mediodía había perdido el partido que juego todos los martes con los alumnos y por la noche el Madrid fue vapuleado por el Liverpool. Me fui conmocionado a la cama, pero eso no impidió que al día siguiente me levantase como un machote en cuanto sonó el despertador.
Lleno de vitalidad y alegría para dirigirme a mis asuntos bajé a la calle y al acercarme a Braulio vi con cierta sorpresa que la cartera en la que guardo los carnés de conducir, biblioteca, DNI, etc, estaba en el suelo y los carnés desperdigados a su alrededor. Lo primero que pensé (a esas horas no estoy muy fresco) es que había tenido suerte porque la cartera se me habría caído el día anterior al salir del coche y nadie la había cogido. Luego caí en la cuenta de que la cartera estaba guardada dentro del coche, en una guanterilla que hay bajo el volante. Como supuse que la cartera por sí misma no habría tomado la resolución de escapar de una vida tan encerrada y mezquina, empecé a temerme lo peor...
Efectivamente, al pobre Braulio le habían fracturado (eso puso más tarde el policía en la denuncia) la ventanilla del conductor, le habían violado la intimidad y le habían sustraído la radio que tan gentilmente me había regalado Gema cuando cambió de coche.
No sólo se habían llevado la radio: también el mando del aparcamiento del instituto... y la bomba de inflar balones. Aparte del carné de conducir, que era el único que eché en falta en ese momento.
Cuando le comuniqué a mi madre los desperfectos y el asunto del carnet me llevé la consiguiente bronca por dejar la documentación dentro del coche (bronca que me fue repitiendo alguna alumna en todas las clases en las que conté lo sucedido).
Subí a mi casa a por el recoge-todo, bajé de nuevo, limpié los cristales y me fui a la comisaría a poner la denuncia.
Os ahorraré detalles, pero cuando por fin el poli acabó la denuncia me la dio para que le dijese si estaba de acuerdo y la firmase. La leí con atención:
-Lo siento, no estoy de acuerdo...: "fue" no lleva tilde y "dejó" y "observó", sí -pensé, pero no fui capaz de decírselo por miedo a acabar en el calabozo.
Afortunadamente, las gafas de sol, que también habían desaparecido, las encontró mi madre tiradas por el suelo al visitar el lugar de los hechos... y el carné de conducir alguna buena persona se lo llevó al portero.
Así que el asunto no fue para tanto y de paso le puse a Braulio la radio original, de cinta, por supuesto, y como me he comprado una cinta adaptadora ahora puedo escuchar la música del móvil o de los MP3 de los que viajan conmigo. Toda una suerte.
servido por Eduardo
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15 Julio 2009
El 15 de julio de 1944 un tal Berrendero triunfó al sprint en una etapa de la vuelta a Cantabria, pero eso poco ha afectado a mi vida. Sin embargo, ese mismo 15 de julio, en un rincón de Vallecas, nació Antonio Ares. No salió en los periódicos, pero eso sí que ha afectado a mi vida, sobre todo cuando unos años después conoció a una niña del barrio de Salamanca y consiguió enamorarla...
Y gracias a eso aquí estamos, escribiendo ternezas, sabiendo que es mucho más fácil ser agradecido por escrito que en directo, pero también que "scripta manent, verba volant". Además con la tranquilidad de que mi padre no pierde el tiempo leyendo blogs uno puede despacharse a gusto, aunque es inevitable que mi madre, que sí que los lee, le acabe contando todo esto.
En fin que aquí va mi felicitación por el cumpleaños que, como en tantas otras ocasiones, me pilla lejos de casa, pero como esta vez son los 65 a la felicitación telefónica se quiere sumar esta otra cibernética.
Y los 65 han dado para mucho: una esposa, ocho hijos, dos yernos, cinco nueras, diecinueve nietos, cincuenta y un años y medio mes de trabajo remunerado, innumerables partidos de tenis y no digamos ya partidas de mus, siempre contadas por victorias... bueno, casi siempre... pero los números no son lo importante, lo importante son las pequeñas aventuras, el día a día, el chorro de leche de la vaca del señor Antonio, las verbenas, la bajada a la mina, el peligro de muerte en Ordesa, las vacaciones en el R8, la carrera de pedagogía sacada sin pausa y con la prisa posible (todavía recuerdo los viajes en coche en los que yo iba leyendo libros ininteligibles en voz alta mientras mi padre conducía), las continuas recomendaciones para que no dejásemos de hacer el CAP por un por si acaso, los "ánimo que cuando acabes nos tomamos un polo" las noches de estudio antes de los exámenes, los detallitos de verano, los despertares con "quien no sirva pa' gallo que se corte los ringondrones" (acabo de descubrir que es un neologismo), la lucha con el leísmo, sus certeras profecías: "A Nadal no le doy dos años"... Y tanto, tanto más, que es absurdo tratar de poner en cuatro líneas, porque además quien no le conozca (¿le conozca o lo conozca?) pensará que me pierde la pasión de hijo, mientras que el que sí le conozca pensará que me he quedado muy corto. Así que aquí queda esto: MUCHÍSIMAS FELICIDADES y a ver si ahora que ha llegado la jubilación por fin se empiezan a escribir los libros que tienen que ser escritos, a hacer el doctorado, a montar en bici... y a ir al Ayuntamiento a protestar como buen contribuyente.
servido por Eduardo
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12 Julio 2009
Como ya anuncié, he estado una semana de campamento, bastante desconectado del mundo. El lugar habitado más cercano era Boniches, un pueblo de la serranía de Cuenca, a unos 20 minutos del campamento por pista forestal. Las instalaciones del campamento también eran de lo más escueto: una casa con la cocina, una habitación y una sala de estar, un comedor al aire libre con mesas de cemento, una campa para poner las tiendas, un pequeño prado lleno de cardos y dos simulacros de portería, un manantial y el río Cabriel no en su mejor momento, pero suficiente para un refrescante baño matutino. Por las noches una luna de lo más llena y unas cuantas estrellas.
Por supuesto no había corriente eléctrica y tampoco cobertura. Y hemos vivido como si siguiésemos en pleno siglo XX. Tanto es así que en el viaje de vuelta, entre los mensajes retrasados que me empezaron a llegar al móvil, descubrí con sorpresa que dos días antes había vuelto a ser tío por decimonovena vez (los tres últimos han llegado en apenas veinte días). Así que el viernes, antes de salir para otro destino, tuve bautizo triple. Mis cuñadas se quejan de que sigo sin escribir poesías, pero es que este ritmo no hay Musa que lo aguante. De todas formas cualquier día me pongo al día. Casi prometido.
servido por Eduardo
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30 Junio 2009
Dios mío, he estado a punto de conseguirlo: casi un mes sin escribir una sola línea en el blog... ¡Qué vergüenza! Y ha pasado tanto... tanto tiempo y tantas cosas... que no sé por dónde empezar, porque entre medias han llegado el decimosexto, la decimoséptima y el decimoctavo de mis sobrinos y ya ni siquiera les he dedicado una entrada de blog. También, hoy mismo, después de 41 años y quince días, de estar en el tajo (y por si alguien no lo sabe, empezó a trabajar un mes antes de los catorce años) se ha jubilado mi padre.
Por otro lado, no hace falta decir lo intenso que ha sido el final de curso, con sus correspondientes exámenes, sus correspondientes correcciones y, por supuesto, su correspondiente obra de teatro, representada tanto en el Instituto como en el Centro de Esclerosis... Y escribo acuciado por la urgencia de Julio, que me tiene amenazado con borrarme de sus enlaces. "Hoy mismo actualizo", le dije ayer. "Ni de broma", contestó él que cada vez sabe más de mis debilidades.
Y sin embargo, a pesar de la cantidad de temas para escribir, yo sigo monotemático y lacrimógeno... y un tanto grimoso. Así que vale ya, hasta aquí hemos llegado. Eso sí, gracias por estos tres años a todos los que habéis pasado por mi vida, la mayoría sin aviso previo, porque te toca el profesor y el tutor que te toca y apáñate como puedas. Gracias por tantas risas y carcajadas dentro y fuera de clase, por los no te "vallas" y los "haber" si vuelves pronto y los "te hecharemos" de menos (ya se ve que la ortografía no entiende de sentimientos). Gracias por esas lagrimillas que me han llenado de confusión, por los abrazos, por el balón de fútbol-sala con mensajes de lo más profundo: "puede que no seas el mejor futbolista, ni el mejor profesor, pero eres una gran persona" (y yo me pregunto: ¿de qué me vale ser una gran persona si no soy el mejor futbolista?), por los momentos compartidos, buenos y malos y por tanto y tanto que he recibido durante este tiempo que me sé deudor insolvente.
Habrá quien siga pensando que tal y como están las cosas hay que estar loco para meterse a profesor. Yo lo que creo es que hay que estar loco para perderse tanto cariño y que uno siempre acaba recibiendo mucho más de lo que da.
Muchas gracias (también por seguir metiéndote a leer en el blog casi con el convencimiento de que yo ya no estaba) y paciencia porque tardaré en volver a escribir, pero esta vez porque voy a estar unos cuantos días de campamento (sí, a mis años, de campamento) en un lugar de ésos sin electricidad y a los que apenas llega la cobertura.
servido por Eduardo
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31 Mayo 2009
El viernes salió la resolución definitiva del concurso de traslados de profesores y resulta que el que me voy ahora soy yo.
Para el que no esté muy metido en el mundo del profesor de Instituto hago un pequeño inciso: tú apruebas tu oposición y consigues una plaza, pero tardan unos años en asignarte el destino definitivo. Mientras tanto, eres funcionario en expectativa de destino y cada curso tienes que rellenar una lista con unos doscientos centros para que te asignen alguno. Van asignando institutos a los funcionarios que más puntos tienen y esos puntos se consiguen por experiencia docente (es decir, por llevar tiempo de funcionario en expectativa), por cursos de formación, por el doctorado y por alguna que otra cosa más. Entre esas cosas más a mí me dieron 0,1 puntos por méritos artísticos... y resulta que gracias a (o por culpa de) ese 0,1 me han asignado el destino definitivo, al que de entrada no puedo renunciar y en el que tengo que permanecer al menos dos años antes de volver a concursar para que me envíen a otro lado.
Soy el último profesor de la lista de Lengua Castellana y Literatura al que le han asignado destino definitivo y me mandan a San Martín de la Vega... Sabía que este momento tenía que llegar y puestos a elegir es mejor pronto que tarde (tan sólo he estado tres años en expectativa, mientras en otras asignaturas hay quien se pasa más de quince), pero eso no quita para que me duela en lo más hondo dejar Valdebernardo. Además, no recuerdo que entre la lista de los 280 centros que puse se encontrase el IES Anselmo Lorenzo.
Y no es por la media hora más de camino que me supone, sino por todo lo que queda aquí. El otro día hablaba de la despedida de los de segundo de bachillerato y ahora me doy cuenta de que las despedidas también son muy distintas según el lado en el que se esté y es muy distinto el nudo en el estómago: si eres de los que te quedas, en el fondo contigo se quedan muchas cosas, muchos alumnos, muchos amigos... pero si eres de los que te vas, resulta que de pronto todo se vuelve nuevo y quizá difícil.
He tenido la tremenda suerte de pasar los tres años de expectativa en Valdebernardo y han sido años inolvidables, desde mi 1ºE hasta mi 4ºB, pasando por mi 4ºA, claro. Y no sólo los cursos de los que he sido tutor me han dejado profunda huella, sino todo el instituto en su conjunto y como un torrente se agolpan los recuerdos, mientras intento asimilar que se cierra una etapa y se abre otra: las obras de teatro y sus ensayos, las risas en clase, los partidos de fútbol, las visitas al centro de esclerosis, las fotos, los viajes a Italia, los ratos de cafetería, las excursiones, los campeonatos de ajedrez, las ligas deportivas, las jornadas gastronómicas, la wiki, los festivales de fin de curso y Navidad, las tutorías con padres, los concursos, las conversaciones con alumnos y profesores, los planes piratas, las miradas asesinas... Y uno piensa en cuánto va a echar de menos a la gente del Instituto y se hace el propósito firme de volver cuanto antes, aunque quién sabe, quizá mi nuevo destino sea mucho más maravilloso de lo que me imagino y al final decida quedarme allí muchos años. En fin, uno tiene que someterse a su "destino" y me temo que es mejor hacerlo con una sonrisa que con las lágrimas por lo que queda atrás, pero he de reconocer que ya me había hecho ilusiones con seguir aquí un curso más y volver a dar clase a los alumnos que tuve en 1º e irme con ellos a Italia a pasarlo tan estupendamente como las veces anteriores. Y es que no me cabe ninguna duda de que el resumen de estos tres años bien puede ser: "me lo he pasado estupendamente con vosotros. Me alegro de haber venido". Y nos seguiremos viendo o, por lo menos, leyendo. No os quepa la menor duda.
servido por Eduardo
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28 Mayo 2009
Las despedidas no suelen ser plato de buen gusto, pero llega un momento en que son inevitables y entonces uno se da cuenta de que a pesar de todo también tienen su lado positivo. Las despedidas nos llevan a recordar todo lo compartido, los buenos y los malos momentos... y ayudan a que prevalezcan en la memoria sólo los buenos.
Además muchas despedidas no suponen un fin, sino el comienzo de otro camino. No son sólo meta, sino también punto de partida. Lo que no quita para que se nos haga un nudo en el estómago y nos empiece a doler ya el imaginarnos cuánto nos vamos a echar de menos y uno dice "hasta luego" temiendo que en realidad esté diciendo "adiós" porque ha visto que eso es lo que les pasa a otros en situaciones semejantes.
Ayer fue la despedida de los alumnos de 2º de bachillerato del Instituto (me imagino que ni por un momento te habrás pensado que era yo quien me despedía y que no iba a volver a escribir por aquí, sólo porque haya batido últimamente mi récord de silencio bloguero) y fue una despedida emocionante, regada con no pocas lágrimas y con muchas risas.
El acto de graduación y de entrega de orlas vino precedido el viernes pasado por la cena de fin de curso. Una cena bastante numerosa porque vinieron casi todos los alumnos... y porque estuvimos también cerca de veinte profesores. Las cenas o comidas con alumnos tienen siempre un encanto especial, quizá por lo irrepetible del momento, quizá porque vienen a la cabeza tantos recuerdos, quizá porque si uno se dedica a ser profesor es para poder echarse unas risas con sus alumnos y lograr salvar las infranqueables e imaginarias distancias que separan a unos de otros. Lo mejor de tener alumnos es que se convierten en antiguos alumnos y en muchas ocasiones en amigos.
Como he dicho, a la cena fueron casi todos los alumnos y cerca de veinte profesores, lo que dice mucho a favor de los alumnos, porque ya se ve que no estábamos queriendo perderlos de vista, como de los profesores, porque ya se ve que no estaban queriendo perdernos de vista y si fuimos es porque ellos no sólo nos invitaron, sino que se empeñaron. Y no nos importó demasiado el calor que pasamos, ni la tormenta que nos cayó a la salida, porque lo pasamos estupendamente, como todos estos años.
Los que han acabado ahora 2º de bachillerato son los primeros alumnos que tuve en la pública y, quieras que no, eso me los hace especiales. Eso y lo buena gente que son: a la mayoría ni siquiera les he dado clase, pero con unos cuantos estuve el año pasado en Italia, con todo lo que eso supone, y con otros me he cruzado tantas veces por los pasillos y hemos intercambiado tantos saludos y sonrisas, que ya es como si fuesen alumnos propios.
El acto de graduación fue también bastante emotivo y unos cuantos soltamos la lagrimita viendo el montaje de fotos... Bueno, yo no la solté, pero ganas no me faltaron.
Espero que sean capaces de cumplir sus promesas y sus buenos propósitos de seguir pasándose por el Instituto, porque ellos no se pueden ni imaginar lo que les voy a echar de menos... y vamos a dejarlo que si no acabaré soltando los cuatro tópicos que me faltan (los otros cuatro los he soltado ya, pero de corazón) y soltando las lagrimitas que me ahorré ayer.
En fin, E., aquí tienes mi versión de los hechos, tal y como me habías pedido, aunque probablemente algo más descafeinada de lo que esperabas: uno se pasa unas semanas sin escribir y se le anquilosan los dedos y las ideas.
servido por Eduardo
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