Un lápiz por un cuento
Hace como dos semanas, se me acercaron cuatro chavales de unos trece o catorce años y me dijeron: "Oye, tú cuentas cuentos, ¿no?". Les miré intentando adivinar dónde habíamos podido coincidir, pero como no era capaz de relacionar ninguna cara con alguna de las últimas funciones, les respondí que sí, que efectivamente contaba cuentos y les pregunté a mi vez de qué nos conocíamos y dónde me habían escuchado.
Me dijeron que eran de un colegio al que he ido muchas veces a contar cuentos, pero al que hace bastantes años que no voy. Guardo grandes recuerdos de aquellas contadas para alumnos de 1º y 2º de Primaria: los ojos abiertos llenos de asombro, las carcajadas infinitas, los cuentos vivos en sus miradas... y también guardo alguna que otra anécdota imborrable, como la de aquel niño que me encontró por los pasillos del colegio después de la función, se me acercó y me dijo:
-Cuentas muy bien los cuentos.
-Muchas gracias.
Después se quedó mirando y añadió, convencido:
-Los cuentas mejor que mi madre.
Y yo me quedé turbado y confundido por el que considero el mejor elogio que me hayan hecho nunca por contar cuentos.
También me ocurría alguna que otra vez que al acabar los cuentos los niños se me acercaban con una hoja rota del cuaderno y me pedían un autógrafo. Yo, sorprendido y maravillado, les firmaba con los ojos llenos de asombro y una carcajada infinita, alguna dedicatoria del tipo "que tu vida se convierta en el mejor de los cuentos". Uno me dejó su lápiz para que le firmara el autógrafo. Lo firmé y al devolverle el lápiz se negó a recibirlo y dijo que era para mí. Insistí, pero no hubo forma. Y ese lápiz ha sido el mejor regalo que me hayan hecho nunca por contar cuentos...
No sé por qué les conté esta última anécdota a aquellos cuatro chavales que me habían asaltado y uno de ellos no pudo reprimir un "fui yo" que le salió del fondo del alma. Después tomó conciencia de lo absurdo y ridículo que era todo aquello y empezó a morirse de la risa y de la vergüenza y a intentar esconderse detrás de los demás.
Se llamaba Nacho. Probablemente no nos volvamos a encontrar porque aquel fue simplemente un encuentro fortuito de los que convierten la vida en cuento, pero no puedo por menos que darle las gracias por aquel lápiz, que para mí nunca será ni absurdo ni ridículo, y esperar que cuando acabe su procelosa adolescencia siga llevando consigo a Epaminondas y a La viejecita y el cerdito y a tantos otros cuentos y personajes que compartimos hace siete u ocho años una mágica tarde de colegio.
Daniel dijo
Yo solo creo que te he oido contar centos un par de veces y me encanto de el de caperucita roja en latin . Y uno de un acertijo antes de la pbra del pirata timoteo aun asi me gusta mucho tu manera de contar y expresar . Por cierto ya nos veremos por taller de teatro.
2 Octubre 2008 | 09:10 PM