La sordera del mosquito tigre
Me hizo gracia descubrir el aparato encima de la mesa de la habitación donde estoy durmiendo estos días. Era un aparato anti-mosquitos novedoso, al menos para mí, porque no era de los de líquido ni de los de pastillas: tenía el mismo aire, pero se trataba de un aparato de ultrasonidos. Leí las indicaciones con una sonrisa en los labios: "Este ahuyentador emite ondas de ultrasonidos que perciben los mosquitos, afectando a su sensibilidad, aturdiéndoles, lo que motiva su inactividad o huida. Este efecto evita que seamos picados por ello". La redacción era pobre, pero consoladora y venía acompañada de otra serie de frases que ensanchaban el corazón: "sin pastillas ni líquidos. Silencioso y sin olores. Eficacia permanente y duración ilimitada...".
Coloqué el aparato en el enchufe, abrí la ventana de par en par para atraer las perdidas corrientes de aire nocturno que no saben muy bien a quién refrescar y me dispuse a dormir a pierna suelta. En un momento dado, a mitad de la noche, me desperté con cierto picor en los codos y en el lóbulo de la oreja, pero pensé que se trataba del poder de la autosugestión: le había dedicado más tiempo del habitual a pensar en los mosquitos y ahora sentía sus efectos. Sin embargo, de pronto escuché el breve, rápido e inconfundible zumbido del mosquito junto a la oreja y di un manotazo en el aire con un gesto reflejo tan absurdo como inofensivo para el bicho en cuestión. Me quedé agazapado entre las sábanas, sabiendo que seguía allí, que tarde o temprano volvería a darse otro atracón con mi sangre y que probablemente llamaría a sus hermanos y se darían un buen festín a mi costa, ahora que se les ponen las cosas cada vez más difíciles.
Volvío a zumbar amenazante junto a mi oreja y yo me golpeé con la mano, creí haberle alcanzado e hice un rápido movimiento para aplastarlo contra la almohada. Es terrible quedarse allí a la espera, sabiendo que el peligro acecha a pocos metros... Y me acordé del padre del inventor de aquel aparato de ultrasonidos y recordé, ya no tan sonriente, lo de "este efecto evita que seamos picados por ellos": Llegué a la conclusión de que los señores inventores no habían tenido en cuenta que algunos mosquitos deben de ser sordos o que la necesidad obliga y cuando uno está muerto de hambre no teme a ningún Asuracentúrix que se cruce en su camino.
Al final se despertó el cazador que llevo dentro, me levanté, encendí la luz y empecé la búsqueda de enemigos. De pronto mi rostro se iluminó con la mueca macabra de la sonrisa de la venganza: allí en la almohada quedaba la prueba patente de que había conseguido eliminar un mosquito con mi manotazo ciego. El problema es que el banquete que se había dado se había desparramado por la almohada y daba aquello muy mala impresión. Pero todo quedó solucionado cuando le di la vuelta a la almohada. Otro murió reventado de un zapatillazo contra la pared. Eliminé cuidadosamente los rastros que delataban mi carácter sanguinario y dispuesto a pasar el resto de la noche tranquilo, salí de la habitación para buscar a tientas un matamosquitos de spray, de los de toda la vida, que recordaba haber visto durante la tarde en algún rincón.
Con el matamosquitos en mano, entré de nuevo en la habitación y no fue hasta que hube chorreado de flus-flus el techo y las paredes que me entraron los remordimientos. Aquellos pobres bichos tenían que sobrevivir de alguna manera. Era terrible que no me hubiese conformado con dejarles sordos, sino que además me hubiese dispuesto a exterminarlos. Me sentí mal, muy mal... pero dormí divinamente el resto de la noche.
Billiejean dijo
Hay que acabar con esos bichos indeseables como sea y no sentir cargo de conciencia al hacerlo... morid malditos, morid!
7 Agosto 2008 | 01:25 PM