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Alzadas las velas, Ahab largó la cuerda destinada a izarlo
hasta el mastelerillo del palo mayor, y poco después subía en el aire.
Apenas había hecho dos tercios del camino cuando, mirando a través de
la abertura horizontal que existe entre la gavia y el juanete, lanzó un
grito como de gaviota:
-¡Allá está! ¡El chorro! ¡Una giba como una montaña de nieve! ¡Es Moby
Dick!
Enardecidos por el grito, que los tres vigías parecieron corear casi al
instante, los hombres de cubierta corrieron al cordaje para ver a la
famosa ballena perseguida durante tanto tiempo.
Así que aquí os dejo que me voy a leer.
Es curioso cómo, a pesar de lo desagradable que es Ahab, uno no puede dejar de sentir cierta simpatía por él, quizá compasión (en el fondo, si nos ponemos filológicos, simpatía y compasión vienen a ser lo mismo): es consciente de que está atrapado por un terrible destino y lo afronta aunque ello suponga poner en peligro a toda su tripulación o dejar de ayudar a algún barco que le suplica ayuda. Antes de el avistamiento de la ballena ha habido un par de capítulos realmente conmovedores.
Lo dicho, me voy a leer, antes de que Moby Dick vuelva a perderse de vista.