Categoría: la vida misma
5 Noviembre 2009
Un día como hoy hace 40 años, es decir, el 5 de noviembre de 1969, comenzó una de esas historias de amor tejida de tan pequeñas cosas que pasa desapercibida a todos cuantos no tienen parte en ella. En realidad la historia no comenzó ese 5 de noviembre, sino bastante antes, pero fue el 5 de noviembre el de los "sí, quiero" y "hasta que la muerte nos separe". Y desde entonces, han ocurrido tantas cosas que da cierto vértigo mirar atrás. Y yo no sé qué se imaginarían aquel chico de Vallecas y aquella muchacha del barrio de Salamanca que iba a ser su matrimonio, pero de lo que estoy seguro es de que la realidad ha sido bastante distinta de todo lo imaginado, que las perdices no las han regalado, sino que ha habido que cazarlas una a una, que de haber sabido las dificultades que acechaban en el camino, lo mismo no se habían animado a lanzarse tan a la aventura.
Pero qué alegría, imagino también, levantarse hoy y seguir diciendo "sí, quiero" y "hasta que la muerte nos separe" y echar la vista atrás, a estos cuarenta añitos de nada y hacer un repaso interminable y acabar con una sonrisa o una carcajada, porque la vida es como una partida de mus y a veces uno tiene que saber jugar con las cartas malas y marcarse algún que otro farol para burlarse del tedio y la rutina, porque hasta el rabo todo es toro y no compensa nadar, nadar y morir en la orilla. Y como jugador de chica, perdedor de mus, han jugado a la grande, y a la grande el amor siempre es fecundo... y divertido, que no hay más que recordar las risas que nos echamos en el puente de octubre cuando nos fuimos todos (los dos padres, los ocho hijos, los dos yernos, las cinco nueras y los 19 nietos) a unas casas rurales en un pueblo perdido para celebrar estos cuarenta y la jubilación y el estar juntos. Y tanto y tanto, que tampoco tiene mucho sentido venir aquí, al blog, a airearlo a los cuatro mares de la red cuando es tan difícil decir algo que sea acertado, cuando es mucho más lo que se queda sin decir y lo que se calla, porque ya se sabe y qué falta hace, a ver, si tú y yo y todos nosotros lo sabemos y quien no lo sepa es imposible que se haga la menor idea con dos párrafos apresurados y algo tiernos y una foto que batió todos los records de foto de familia numerosa al natural. Así que muchísimas felicidades... y muchísimas gracias.

servido por Eduardo
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21 Octubre 2009
Hace casi dos semanas me cayeron encima los 38 y desde entonces ando buscando un hueco para acercarme hasta aquí y contarlo, porque ya se ve que estoy llenando las últimas entradas de primeras veces en el Instituto. Pero ahora lo hago con la presión añadida de que este blog ya ha sido descubierto por más de uno (¿verdad, I, C, J, D, N...?) que además no deja de recordarme que tengo que actualizarlo. Y me estoy planteando mandar como lectura obligatoria el blog, que leen más por curiosidad que por gusto, en lugar del incomprensible Don Juan Tenorio.
Pero volvamos al asunto que nos traía hasta aquí. A principios de mes repartí en mi tutoría los encargos: luces, cerrar puertas, ventanas, orden de las mesas, papelera, corcho, parte... y también puse el encargo de "cumpleaños". N y L tomaron el encargo con ilusión y decidieron hacer una tarjeta de cartulina firmada por toda la clase para el homenajeado. El primero en cumplir años fue G, justo el día antes que yo, y no sólo le dieron la tarjeta, sino que además le hicieron un pequeño regalo. Así que, cuando empezaron a preguntarme cuál era mi autor favorito, yo que no soy muy avispado, me di cuenta de por dónde iban los tiros y les dije que no necesitaba ningún regalo, que el mejor regalo es que se porten bien (a veces me dan unos ataques de cursilismo que me asustan), que no me importaba recibir regalos, que nunca recibía regalos de los alumnos (bueno, por lo menos durante el curso, que en la mejor estantería de mi habitación sigue el regalo de despedida que me hicieron los de 4º el año pasado, buaaaaa)...
Al día siguiente, a pesar de mis amenazas de posible examen, me cantaron el cumpleaños feliz, yo les repartí las "chuches" (igualito, igualito que cuanto estaba en 2º de EGB) que salieron algo durillas y ellos me dieron la cartulina con las felicitaciones: "Espero que te feliciten sin faltas de ortografía. Jajaja"; "Mal: Eduardo KT regalen muchas cosas en est dia tn spcial; Bien: Eduardo que te regalen muchas cosas en este día tan especial", etc. Pero el delegado también me dio una hoja de cuadritos doblada con la indicación expresa de que no leyese el contenido hasta al día siguiente porque me iba a poner triste. Los demás empezaron a recriminarle que me hubiese dado la hoja y que no hubiese esperado hasta el día siguiente. Picado por la curiosidad no les devolví la hoja y cuando llegué al departamento no pude evitar la tentación de leerla:
Para Eduardo:
Hay algunas personas en la clase a las que no la sentó muy bien que no aceptaras regalo. Tampoco le parecen muy adecuadas a algún comentario que otro, como, no me importa.
Para Eduardo:
Eres bastante seriote.
Firmado: X
Para Eduardo:
No me parece bien que no aceptes un regalo como amigos que no es de alumno a profesor. Ers bastante serio, y que sepas que el regalo es como amigos no como alumnos.
Frdo: X
Para Eduardo:
A mi tampoco me parece bien que no aceptes el regalo. Aun así te deseo ¡¡¡Feliz Cumpleaños!!!
Fdo: X
Para Eduardo:
Nos encantaría que aceptaras el regalo, pero si no quieres no te vamos a obligar. Espero que lo pases muy bien y que sepas que eres un tutor estupendo.
Frmdo: X
Para Eduardo:
No me parece bien que no aceptes el regalo porque tenemos toda la ilusión del mundo a si que no nos la quites. Pero Feliz cumple:
Frdo: X
Para Eduardo:
No estoy deacuerdo contigo por que nosotros tenemos que cumplir con nuestras cosas si nuestros compañeros son encargados de cumpleaños pues hay que aceptarlo. A nosotros nos gustaría y nos aria mucha ilusion que aceptaras el regalo.
Fdo: X
Después de leer la nota (las X y las faltas de ortografía son del original; tampoco tienen desperdicio las distintas maneras de abreviar "firmado"), volví a clase, con lágrimas en los ojos, le pedí permiso a J, el profe de historia, para interrumpirle. Les dije que me habían conmovido y que, ya que estaban empeñados, había pensado en aceptar el regalo, es más, se ve que Braulio, mi coche, estaba empezando a hacerse mayor y que no me vendría nada mal un cambio... Al final, al día siguiente se encargaron de organizar una fiesta en clase con unas coca-colas de la cafetería y unos bollos fantásticos. Yo, de mayor, quiero ser como ellos.
servido por Eduardo
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22 Julio 2009
Uno de estos días tendré que llevar al bueno de Braulio a pasar la ITV. Siempre ha sido un coche muy valiente y no está en absoluto asustado, a pesar de que ya empieza a tener una edad y sus más de 170.000 kilómetros. Todavía no me he atrevido a decirle la que se le viene encima el año que viene con los viajes a San Martín de la Vega, pero seguro que ni rechista.
El caso es que he recordado uno de esos momentos duros que hemos compartido este año y que olvidé poner en el blog en su momento. Así que, a sabiendas de que el relato ha perdido la frescura de la inmediatez y utilizándolo como excusa para actualizar el blog os hago un sucinto resumen de lo ocurrido.
Fue un miércoles y el martes había sido un día duro: a mediodía había perdido el partido que juego todos los martes con los alumnos y por la noche el Madrid fue vapuleado por el Liverpool. Me fui conmocionado a la cama, pero eso no impidió que al día siguiente me levantase como un machote en cuanto sonó el despertador.
Lleno de vitalidad y alegría para dirigirme a mis asuntos bajé a la calle y al acercarme a Braulio vi con cierta sorpresa que la cartera en la que guardo los carnés de conducir, biblioteca, DNI, etc, estaba en el suelo y los carnés desperdigados a su alrededor. Lo primero que pensé (a esas horas no estoy muy fresco) es que había tenido suerte porque la cartera se me habría caído el día anterior al salir del coche y nadie la había cogido. Luego caí en la cuenta de que la cartera estaba guardada dentro del coche, en una guanterilla que hay bajo el volante. Como supuse que la cartera por sí misma no habría tomado la resolución de escapar de una vida tan encerrada y mezquina, empecé a temerme lo peor...
Efectivamente, al pobre Braulio le habían fracturado (eso puso más tarde el policía en la denuncia) la ventanilla del conductor, le habían violado la intimidad y le habían sustraído la radio que tan gentilmente me había regalado Gema cuando cambió de coche.
No sólo se habían llevado la radio: también el mando del aparcamiento del instituto... y la bomba de inflar balones. Aparte del carné de conducir, que era el único que eché en falta en ese momento.
Cuando le comuniqué a mi madre los desperfectos y el asunto del carnet me llevé la consiguiente bronca por dejar la documentación dentro del coche (bronca que me fue repitiendo alguna alumna en todas las clases en las que conté lo sucedido).
Subí a mi casa a por el recoge-todo, bajé de nuevo, limpié los cristales y me fui a la comisaría a poner la denuncia.
Os ahorraré detalles, pero cuando por fin el poli acabó la denuncia me la dio para que le dijese si estaba de acuerdo y la firmase. La leí con atención:
-Lo siento, no estoy de acuerdo...: "fue" no lleva tilde y "dejó" y "observó", sí -pensé, pero no fui capaz de decírselo por miedo a acabar en el calabozo.
Afortunadamente, las gafas de sol, que también habían desaparecido, las encontró mi madre tiradas por el suelo al visitar el lugar de los hechos... y el carné de conducir alguna buena persona se lo llevó al portero.
Así que el asunto no fue para tanto y de paso le puse a Braulio la radio original, de cinta, por supuesto, y como me he comprado una cinta adaptadora ahora puedo escuchar la música del móvil o de los MP3 de los que viajan conmigo. Toda una suerte.
servido por Eduardo
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15 Julio 2009
El 15 de julio de 1944 un tal Berrendero triunfó al sprint en una etapa de la vuelta a Cantabria, pero eso poco ha afectado a mi vida. Sin embargo, ese mismo 15 de julio, en un rincón de Vallecas, nació Antonio Ares. No salió en los periódicos, pero eso sí que ha afectado a mi vida, sobre todo cuando unos años después conoció a una niña del barrio de Salamanca y consiguió enamorarla...
Y gracias a eso aquí estamos, escribiendo ternezas, sabiendo que es mucho más fácil ser agradecido por escrito que en directo, pero también que "scripta manent, verba volant". Además con la tranquilidad de que mi padre no pierde el tiempo leyendo blogs uno puede despacharse a gusto, aunque es inevitable que mi madre, que sí que los lee, le acabe contando todo esto.
En fin que aquí va mi felicitación por el cumpleaños que, como en tantas otras ocasiones, me pilla lejos de casa, pero como esta vez son los 65 a la felicitación telefónica se quiere sumar esta otra cibernética.
Y los 65 han dado para mucho: una esposa, ocho hijos, dos yernos, cinco nueras, diecinueve nietos, cincuenta y un años y medio mes de trabajo remunerado, innumerables partidos de tenis y no digamos ya partidas de mus, siempre contadas por victorias... bueno, casi siempre... pero los números no son lo importante, lo importante son las pequeñas aventuras, el día a día, el chorro de leche de la vaca del señor Antonio, las verbenas, la bajada a la mina, el peligro de muerte en Ordesa, las vacaciones en el R8, la carrera de pedagogía sacada sin pausa y con la prisa posible (todavía recuerdo los viajes en coche en los que yo iba leyendo libros ininteligibles en voz alta mientras mi padre conducía), las continuas recomendaciones para que no dejásemos de hacer el CAP por un por si acaso, los "ánimo que cuando acabes nos tomamos un polo" las noches de estudio antes de los exámenes, los detallitos de verano, los despertares con "quien no sirva pa' gallo que se corte los ringondrones" (acabo de descubrir que es un neologismo), la lucha con el leísmo, sus certeras profecías: "A Nadal no le doy dos años"... Y tanto, tanto más, que es absurdo tratar de poner en cuatro líneas, porque además quien no le conozca (¿le conozca o lo conozca?) pensará que me pierde la pasión de hijo, mientras que el que sí le conozca pensará que me he quedado muy corto. Así que aquí queda esto: MUCHÍSIMAS FELICIDADES y a ver si ahora que ha llegado la jubilación por fin se empiezan a escribir los libros que tienen que ser escritos, a hacer el doctorado, a montar en bici... y a ir al Ayuntamiento a protestar como buen contribuyente.
servido por Eduardo
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12 Julio 2009
Como ya anuncié, he estado una semana de campamento, bastante desconectado del mundo. El lugar habitado más cercano era Boniches, un pueblo de la serranía de Cuenca, a unos 20 minutos del campamento por pista forestal. Las instalaciones del campamento también eran de lo más escueto: una casa con la cocina, una habitación y una sala de estar, un comedor al aire libre con mesas de cemento, una campa para poner las tiendas, un pequeño prado lleno de cardos y dos simulacros de portería, un manantial y el río Cabriel no en su mejor momento, pero suficiente para un refrescante baño matutino. Por las noches una luna de lo más llena y unas cuantas estrellas.
Por supuesto no había corriente eléctrica y tampoco cobertura. Y hemos vivido como si siguiésemos en pleno siglo XX. Tanto es así que en el viaje de vuelta, entre los mensajes retrasados que me empezaron a llegar al móvil, descubrí con sorpresa que dos días antes había vuelto a ser tío por decimonovena vez (los tres últimos han llegado en apenas veinte días). Así que el viernes, antes de salir para otro destino, tuve bautizo triple. Mis cuñadas se quejan de que sigo sin escribir poesías, pero es que este ritmo no hay Musa que lo aguante. De todas formas cualquier día me pongo al día. Casi prometido.
servido por Eduardo
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30 Abril 2009
El sábado pasado falleció Emilio. Hace poco menos de un año estaba perfectamente, pero una noche, mientras cenaba, le dio un vahído y antes de perder el conocimiento pidió que le llevaran al médico. Desde entonces todo ha sido demasiado complicado y demasiado rápido. Los medicos aseguraron que le quedaban unos seis meses de vida y resultaba difícil de creer, porque tras las primeras operaciones se le veía bastante recuperado. Pero han sido seis meses.
Conocí a Emilio hace más de veinte años y, a pesar de la diferencia de edad, de cultura, de conocimientos y de tanto más, siempre me trató como si esa diferencia no existiese. Me animó de veras cuando eché a andar por el mundo de las humanidades y siempre me ha insistido en que tenía que escribir más. También me ayudó a descubrir lo apasionante que es ser profesor porque, entre otras cosas, es una profesión que te permite, como ninguna otra, el trato humano.
Emilio tenía una cabeza prodigiosa y una sonrisa permanente que la enfermedad no consiguió borrarle, a pesar de que sí le borró los nombres de las personas que conocía, la escritura y tantas cosas más. Este último año, cada vez que nos veíamos, exclamaba un "¡Hombre, hombre! ¡Qué alegría!". Y nos dábamos un abrazo, sabiendo los dos que podría ser el último. Te preguntaba por la familia, por los amigos comunes y, aunque no era capaz de ponerles nombres, se veía que les tenía perfectamente situados.
La certeza de que el avance de la enfermedad era inexorable y de la inminencia del final quizá hayan hecho la separación más suave, más llevadera, aunque no menos dolorosa. Sin embargo, el escozor de la herida es muy distinto al de la pérdida de David, de la que hace ahora ya dos años y que sigue escociendo muy en lo hondo.
Me gustaría tener la fe de Emilio, su afán de ayudar a los demás, su interés por todo lo que le rodeaba, su optimismo irreprimible. Después de salir del hospital tras las primeras intervenciones decía que gracias a la enfermedad se había dado cuenta de la cantidad de gente buena que hay en el mundo... Y llevaba toda la razón, aunque ahora ya hay uno menos.
servido por Eduardo
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22 Enero 2009
Ya he hablado aquí alguna vez de Eneas en autobús, el cuento que estuvo a punto de acabar con mi carrera literaria (y que de hecho ha acabado con ella por lo menos hasta el momento) porque me mató de éxito.
El caso es que echando cuentas, van a cumplirse veinte años desde que lo escribí y Eneas sigue sorprendiéndome... y persiguiéndome. El otro día me encontré en la cuenta del blog el siguiente mensaje de C (otra C, no la C que dejó un comentario no hace mucho):
Hola..
eres eduardo ares, no?
lo siento si no..
vengo de alemania y tengo que escribir un gran examen sobre el cuento "eneas en autobús"...
si eres eduardo... podría contestarme??
y lo siento por mi espanol muy malo^^
saludos
Y a uno le deja aturdido que su cuento haya acabado veinte años después en los ojos de una estudiante alemana. Por supuesto que le contesté y que he tratado de responder lo mejor que he podido a las preguntas que me ha hecho sobre el cuento, aunque como mi alemán sí que es muy malo, le he respondido en español y no sé si habrá entendido algo. Si entre los lectores de la presente entrada se encuentra alguien con los suficientes conocimientos de alemán como para traducir mi mensaje le estaré muy agradecido... Bueno, me imagino que más bien será C quien lo agradezca.
servido por Eduardo
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15 Enero 2009
Hace cosa de un mes volvía de Alcalá de Henares a Madrid por la autopista a eso de la una de la madrugada. De pronto vi luces de sirenas a lo lejos y a un policía nacional haciendo indicaciones para que fuese reduciendo la velocidad.
Y como cuando uno se encuentra en un sitio inesperado con su profesor, empecé a hacer revisión de todos mis actos para saber de qué podía ser culpable: ¿Llevaba el cinturón? Sí, ¿Había bebido? No, ¿Me había pasado del límite de velocidad? No me constaba, ¿Tenía el carnet de conducir? Sí, ¿Tenía en regla los papeles del coche? Esperaba que sí... Todavía estaba haciéndome preguntas cuando tuve que acabar de frenar porque la carretera de tres carriles había sido reducida a uno y los coches pasábamos despacio y en fila ante la mirada atenta de otro policía.
El policía dio paso al coche que iba delante de mí. Me llegó el turno. "Probablemente me dé paso y aquí se acabó todo"... El policía levantó la palma de la mano y me indicó que parara del todo. En frente había otro nacional enmascarado sujetando una metralleta, seguramente convencido de que yo era un peligroso asesino. Aparentando calma, con movimientos lentos y calculados (si hago cualquier gesto sospechoso soy hombre muerto), bajé la ventanilla del copiloto porque el policía que me había detenido me esperaba por ese lado del coche. Tuve que agacharme porque las ventanillas de mi coche tienen bajalunas manúbrico.
-Buenas noches, ¿me deja su carnet de identidad, por favor?
Apenas me salió un buenas noches de respuesta. Saqué la cartera, saqué el DNI poniendo cara de niño bueno y se lo acerqué al policía. El tipo de la metralleta seguía atento cada uno de mis movimientos, anhelando cualquier ligera sospecha para liquidarme. Evalué las posibilidades de escapatoria. No había ninguna. Todo sería inútil. El policía comprobó mi carnet a la luz de una linterna... y me lo devolvió.
-Puede seguir, buenas noches.
Subí la ventanilla, guardé el carnet y pasé por delante del hombre de la metralleta con cara de ya siento yo no haber sido el malo que buscabais. Cuando me alejaba del control, empezó a despertarse el afán de aventuras y lamenté muy de veras que no hubiese habido una confusión, que no me hubieran detenido por error y me hubieran torturado para que les dijese algo que era imposible que supiese. Habría sido una historia fantástica para este blog... Pero no pasó nada, todo fue de lo más normal y rutinario y para la único que me valió es para darme cuenta de que el aventurero que habita en mí en realidad es un triste cobarde que sólo se atreve a asomar la cabeza cuando ya ha pasado el peligro.
servido por Eduardo
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