El viernes pasado estuve de cena con alumnos de 2º de Bachillerato... Lo mejor de todo es que eran alumnos a los que hace tres años dejé de ver porque me cambiaron de instituto. Pero me invitaron a la cena, como a otro buen montón de profesores que ya no dan clase allí. No sabíamos si era un encuentro con antiguos alumnos o con antiguos profesores.
Ayer estuve en su acto de graduación y los recuerdos me asaltaban a borbotones, entre otras cosas porque la graduación era en el Centro Cultural Valdebernardo, el mismo sitio en el que hace cinco años representaron El Pirata Timoteo, cuando todavía estudiaban 1º de la ESO y pensaban que lo de estar en el instituto sería eterno e infernal, sobre todo cuando llegaron el primer día a clase y se encontraron a un tutor con cara de asesino que se sabía sus nombres de memoria. 1ºE del IES Valdebernardo fue mi primera tutoría en la pública y las primeras veces dejan profundas huellas. Ellos me demostraron que nuestros adolescentes no son tan terribles como se empeñan en hacernos creer quienes se quedan con las excepciones. Hemos compartido carcajadas (ayer algunos recordaban la antológica clase del ataque de risa), unas cuantas lágrimas y un inmenso anecdotario.
Ayer acababa una etapa importante en su vida, como se encargaron de recordar casi todos los "discursantes", pero no se les acababa solo a ellos. A mí también. Fueron mi primera tutoría cuando llegué al IES Valdebernardo, a otros les di clase en 2º o 3º y a algunos no les di clase nunca, pero como si hubiesen sido tutorandos. A los que estudian allí ahora en 1º de Bachillerato apenas los conozco, salvo a algún que otro repetidor o a algún alumno con los que haces migas sin necesidad de darles clase (o precisamente por eso). El curso que viene ya no estaré en la graduación de 2º de Bachillerato del IES Valdebernardo. Quizá por eso no pude negarme a jugar el partidillo que habían previsto por la tarde en el propio instituto. Y me costó irme de allí, aunque salí como si volviese a entrar al día siguiente. Cuando deje la enseñanza sé que estas cenas y estas graduaciones serán de las cosas que más echaré de menos.
Llegué a casa y me puse a ver el vídeo que les hice como despedida hace tres años. Aquí se lo dejo, con la esperanza de que lo disfruten y de que nos sigamos viendo alguna que otra vez antes de que nos olvidemos...
La "h" es una letra sufrida. Ya la puedes quitar de en medio que ni se nota, ella nunca se queja, nunca dice nada, pero lo que me he encontrado en un examen de segundo de la ESO es crimen de lesa ortografía, y es un crimen tan perfecto que es difícil pensar que no haya habido alevosía.
Preguntaba la definición de la epopeya y esta es la respuesta con que me he encontrado, sin añadirle ni quitarle nada:
"Son azañas que icieron los eroes como ercules".
Sencillamente impresionante: de cada dos palabras la segunda debería llevar "h" y no la lleva. Además, no recuerdo haber hablado en clase de "ercules", más bien hablé de Aquiles, Odiseo, Eneas o incluso Agamenón, todos ellos "deshachados", pero poner como ejemplo al bueno de "ercules" es el culmen de la crueldad. No sé si seré capaz de reponerme de esta. Por más que llevo toda la tarde dándole vueltas, soy incapaz de construir una frase sensata de ocho palabras en las que la mitad tendrían que llevar hache. Y yo que creía que lo había visto todo.
Ha sido un día intenso de corrección (hasta me he quedado sin mi partidillo de los domingos), o mejor dicho, está siendo un día intenso de corrección, porque todavía me quedan unos cuantos exámenes.
En el de bachillerato había que hacer un texto argumentativo sobre el problema de la contaminación acústica en las ciudades y creo que más del ochenta por ciento han empleado en algún momento la expresión "hoy en día". Pero la frase que de verdad me ha roto ha sido:
"La aumentación de los distintos tipos de ruidos, resultan molestantes para el oído humano".
Y no me sorprende la coma puesta entre sujeto y predicado, ni siquiera la falta de concordancia entre uno y otro, lo que me sorprende es el vocabulario y me temo que el castellano está evolucionando mucho más rápido de lo que quiero pensar o, dicho de otro modo, que la evolucionación del castellano es más rápida de lo pensante.
Llegamos al final del segundo trimestre más agotados de lo que cualquiera ajeno al mundo de la educación pueda imaginarse (de la misma forma que yo soy incapaz de imaginarme lo agotado que llega a final del día alguien que trabaja de sol a sol). No es solo un cansancio físico, que algo de eso hay, sino también un cansancio mental: de pronto a todo el mundo (bueno, ojalá fuese a todo el mundo) le entran las prisas por decirte que se ha leído el libro que mandaste hace tres meses, por acabar de entregar las redacciónes que podían haber hecho en Navidad, por asegurarte que el corto te lo traen el lunes, sin falta, por ofrecerte todo tipo de trabajos de la extensión que tú quieras y la promesa firme de que si les apruebas ya verás lo buenos alumnos que van a ser la tercera evaluación... Y vuelves a pensar que algo no estás haciendo bien si ellos están convencidos de que te hacen un favor si se ponen a estudiar.
Pero a la vez entiendes que se les haya acumulado el trabajo, como tantas veces te ha ocurrido y te sigue ocurriendo a ti: me encantaría haber ido corrigiendo todas las redacciones a medida que las iban escribiendo, pero me encuentro ahora con un tropel apenas abarcable, que leeré, pero que no corregiré tan a fondo como me hubiese gustado. Y estoy por prometerles que, si estudian la próxima evaluación, me compraré un coche nuevo.
Esta evaluación mis alumnos de tercero de ESO han tenido que rodar un cortometraje de diez minutos como máximo. La única premisa es que fuese "apto para todos los públicos". Y mucho me temo que han pensado que lo único que tenían que evitar eran escenas de sexo.
Me ha sorprendido su creatividad y su ingenio, pero también me ha sorprendido la unánime violencia que me he ido encontrando: en uno llamas por teléfono a un número y se te cumple el deseo que pidas, eso sí, al poco mueres violentamente; en otro discuten dos amigas y una acaba matando a la otra de una pedrada; en el de más allá se suceden distintos asesinatos para conseguir el cuaderno sintáctico; en el otro, tras una sesión de espiritismo, empiezan a caer también como moscas... Todo ello aderezado con un lenguaje en ocasiones chabacano y, cuando menos, vulgar.
Creo que si pongo uno de esos cortos a un niño de seis o siete años lo dejaré traumatizado para el resto de sus días. De hecho, no estoy muy seguro de no haber acabado yo traumatizado. No ya por la violencia, que mucha he visto, por desgracia, sino porque consideran, con toda la tranquilidad del mundo, que la violencia no es tan mala. Es incluso normal y divertida... Y así, semanas como la pasada, y yo me entiendo.
El viernes estuve en la entrega de premios del II Concurso de Buenas Prácticas organizado por la asociación "Mejora tu Escuela Pública" de la que creo que ya he hablado en alguna ocasión. El objetivo de MEP es mejorar la escuela pública mediante la implicación de todos los que formamos parte de ella: padres, profesores y alumnos. Una de las ideas que me resulta más sugerente es la de abandonar cierto victimismo en el que a veces podemos caer: hay cosas que no dependen de nosotros y que no podemos cambiar por mucho que queramos, como la promoción automática, por ejemplo, pero cada uno sí que puede aportar su terrón de azúcar (más jugoso que el grano de arena) en su labor diaria y de hecho el concurso consiste precisamente en eso, en presentar "buenas prácticas", en premiar lo que se hace en el aula, tantas veces sin pensar que hay un concurso que te puede dar un premio por ello. La idea es dar a conocer lo que funciona bien aquí para que se pueda poner en práctica allí.
En la entrega de premios estaban el ministro de Educación y la consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, entre otros. Sí, Lucía, a la que hace unos meses escribí una carta que todavía no debe de haber leído. En el cóctel posterior, J y yo nos acercamos a la consejera y J tuvo la delicadeza de presentármela. Le habíamos interrumpido una conversación con no sé quién y no llegamos mucho más allá del saludo. Sí nos dio tiempo a decirle que nos gustaría hacerle una entrevista para El País de los Estudiantes (un concurso organizado por El País para publicar digitalmente tu propio periódico). Nos aseguró que así no íbamos a ganar ningún premio, pero que por su parte no había problema y llamó a J (no a mi J, sino a su J, su jefe de prensa) para que concretásemos los detalles.
Así que con Lucía no tuvimos ocasión de hablar, pero sí con J, con el que estuvimos charlando cerca de media hora y le dijimos lo que opinábamos de cómo está la situación. Y la verdad es que me pareció un buen tipo, dispuesto a escuchar y a conocer de primera mano lo que ocurre en los institutos, así que nos intercambiamos los correos... A todos los que se lo cuento me dicen que me caiga del guindo, que qué me iba a decir el hombre, que en un acto así todo son buenas palabras, pero que luego son todos iguales. Sin embargo, ingenuo que es uno, estoy luchando por no dejarme llevar de los prejuicios, contra los que tantas veces he despotricado. De momento, antes que la entrevista, creo que le voy a mandar mi carta a Lucía y estoy casi seguro de que él, por lo menos, se la va a leer.
La verdad es que no la conocía... Ni la Vía Láctea en sí, ni la obra de teatro titulada ¿Conoce usted la Vía Láctea? de un tal Karl Wittlinger, al que tampoco tengo el gusto.
Pero después de esta tarde, si no al autor, sí conozco la obra, que han representado A y J (y D) en el IES Felipe II. A J tampoco tengo la suerte de conocerle, pero sí a A (y a D, así entre paréntesis porque su papel ha sido menor, pero como ponía en el programa: "ha hecho algo de lo más difícil en teatro y es ser el otro"). Es una obra intensa, a ratos divertida, a ratos dramática, de las que te quedas con ganas de volver a ver porque no te ha dado tiempo a paladearla: un loco en un manicomio convence al médico para representar su vida ante los demás internos. En la guerra. José Blanco pierde todos sus documentos de identidad y se queda con los de un soldado muerto, Juan Negro. Cuando regresa a su pueblo, le han dado por muerto y a nadie le interesa que siga vivo y José Blanco descubre lo difícil que es estar estadísticamente muerto y biológicamente vivo.
Pero no solo me ha emocionado la obra, me ha emocionado también ver a dos antiguos alumnos sobre el escenario: D fue uno de mis alumnos la primera vez que di Taller de Teatro y A fue un Pirata Timoteo hace casi cinco años. No sé si conseguí enseñarles algo más que amor por el teatro (que no es poco), pero me he visto pagado con creces con su actuación de hoy. Mucha mierda.
De vez en cuando, no con tanta frecuencia como se pueda imaginar, pero con más de la que sería deseable, estás tranquilamente dando clase y, de pronto, desde fuera alguien pega un patadón a la puerta que hace retumbar el edificio. Creo que todas las veces que me ha pasado este año ha sido mientras estaba dando clase en la 111, que es un aula de la primera planta, pegada a la escalera. Lo normal es que haga caso omiso del portazo y siga explicando como si no hubiese pasado nada, aunque la pizarra haya estado a punto de irse al suelo y más de cinco hayan soltado un grito de terror.
Es una triste gracia la del portazo, porque tienes que salir corriendo y no ves la cara que se le pone al profesor y a los alumnos, ni sabes qué efectos ha tenido tu ingeniosa idea.
Pero ayer el patadón me sorprendió cuando estaba revisando los deberes por las mesas y estaba más cerca de la puerta de lo que ocurre cuando estoy explicando. No me lo pensé mucho y salí de clase dispuesto a descubrir al futbolista frustrado. Como acabo de leer una novela policiaca, en lugar de bajar por las escaleras, que sería lo lógico, subí, pensando que en realidad lo lógico es que el pateador piense que lo lógico es bajarlas y, por tanto, las suba. Encontré en la segunda planta a un par de alumnos que habían sido expulsados de clase y que aseguraron que ellos no habían sido (y les creí porque he leído una novela policiaca y supe al instante que eran inocentes), pero me dijeron que habían visto pasar por allí a un chaval a toda velocidad. Seguí el recorrido previsible del sospechoso y cuando me crucé en la planta baja con la señora de la limpieza le pregunté si había visto pasar a alguien. Y sí, lo había visto. Y sí, tenía todas las papeletas de ser el pateador.
Volví a clase pensando que Leo Caldas tendrá que contar conmigo en su próximo caso y continué la clase como si no la hubiese dejado. Pero sin dejar de hacerme la misma pregunta que se hacía C: "Pero, ¿para qué da un golpe a la puerta? No lo entiendo". Yo tampoco.
Me llamo Eduardo y en junio de 2006 aprobé las oposiciones de secundaria de Lengua Castellana y Literatura en Madrid. También cuento cuentos como narrador oral escénico, porque creo que el ser humano tiene una necesidad innata de comunicarse y de contar y compartir con los demás.