La Coctelera

LA VIDA ES CUENTO

23 Abril 2014

Siete años, un martes y un septiembre

Hoy es el Día del Libro y todo el mundo se siente obligado a recomendar algún libro. Y a mí, habitualmente, lo que me gusta es ir a la contra y no hacer lo que hace todo el mundo, pero eso tiene el peligro de que acabas haciendo lo mismo que aquellos a los que lo que les gusta es ir a la contra y no hacer lo que hace todo el mundo (tranquilo, yo tampoco me entiendo), así que hoy he decidido dar otra vuelta de tuerca (gran libro, ya que estamos) e ir a la contra de todos los que van a la contra... y recomendar un libro.

En realidad, esta entrada quería haberla escrito hace mucho tiempo, con calma y tranquilidad, sin prisas... Como he querido escribir todas las entradas que nunca he escrito. En fin, nada mejor que aprovechar la excusa del día del libro (así, en minúsculas, para que valga para cualquier día) y hablar de un libro.

Siete años, un martes y un septiembre salió hace un año, un lunes y un abril y es el primer libro (publicado) de Julio Oliva, antes que escritor, amigo (y compañero de tantos proyectos por empezar) y por eso no es sencillo escribir sobre su libro como si no nos conociéramos. Lo más fácil es decir "libro", porque no es fácil saber si es una novela, o un conjunto de cuentos, o más bien poemas o un poco de cada o todo lo contrario. O quizá una colección de estampas impresionistas, pintadas con palabras que de cerca destrozan la sintaxis, pero que, cuando uno se aleja para contemplar el conjunto, toman forma y sugieren mucho más de lo que dicen. A veces hay personajes que se repiten, a veces lo que se repiten son las situaciones, o los años, los martes y los septiembres. Y un tú y un yo que se intercambian los papeles o acaban convertidos en él y ella. Da la impresión de que el libro tampoco tiene un principio o un final, que se puede empezar a leer por cualquier parte ("Pongamos que deshacemos una novela, barajamos sus páginas, que laboriosamente uniera el editor, y amablemente el impresor, siguiendo un lógico orden de comprensión y factibilidad, si es que eso existe"). Incluso se puede empezar del revés y entonces de repente cambias de idioma y descubres que hay cosas que saben mejor en catalán o en castellano, depende de cuál sea tu revés.

Tiene el conjunto sabor a melancolía, a ternura, a amor tantas veces quebrado o quebradizo, a distancia, a cigarro, a mar, a Argentina, a Barcelona, a besos no dados. Sabe bastante a Cortazar y tal vez más a Jefferson West. Pero, sobre todo, sabe a café: intenso, amargo, estimulante...

Quizá el problema, porque todos los libros tienen algún problema, es que hay demasiadas referencias y alusiones que pueden aturdir al lector por poner en evidencia su inmensa ignorancia. Un amigo al que le dejé el libro (¡y me lo ha devuelto!) me dijo que le había gustado, pero que se notaba que el autor lo había escrito sobre todo para él. No sé, supongo que así es como se tienen que escribir los libros. De lo que no me cabe duda es de que merece la pena leerlo, mejor un martes de septiembre y con lluvia, o un jueves de abril con sol, pero siempre con un café de esos que saben mejor cuando se comparten.

servido por Eduardo 2 comentarios compártelo

21 Abril 2014

De los peligros de no saber ortografía

-¡Ola, Patapalo!

-K tal?

Y la ola arrastró a Patapalo al fondo del mar, por no saber ortografía...

servido por Eduardo sin comentarios compártelo

10 Abril 2014

Desbarajuste

Cenicienta Roja y los siete cerditos se dieron cuenta de que algo iba mal cuando no vieron al lobo feroz por ninguna parte.

servido por Eduardo 4 comentarios compártelo

7 Abril 2014

Reencuentro

Después de tres años persiguiéndose, llegaron a conocerse tanto que dejaron de tuitearse y se fueron a un café a tutearse.

servido por Eduardo 1 comentario compártelo

6 Abril 2014

Escribe

Hace una semana, o probablemente dos, hablé por teléfono con F. En un momento dado de la conversación me dijo:

-Escribe.

Y siempre que F me dice o me sugiere algo procuro hacerle caso. Cuánto más cuando me lanza un imperativo sin paliativos.

Y una semana después, o probablemente antes, hablé por teléfono con J. En un momento dado de la conversación me dijo:

-Hace demasiado tiempo que no escribes.

Y es que J, a quien también procuro hacerle caso, no es siempre tan expeditivo como F, pero es igual de convincente.

Y les agradezco que me lo digan, porque a menudo yo también me lo digo, pero a mí procuro hacerme mucho menos caso. Así que he vuelto al blog y me lo he encontrado bastante desangelado y moribundo, lleno de telarañas cibernéticas y con todos los achaques de un blog que se ha convertido en venerable anciano. Pero, renqueante y convaleciente como está, creo que no sería bueno que le atiborrase de repente de palabras, así que me propongo reanimarlo poco a poco, con las pequeñas dosis de microrrelatos de menos de 140 caracteres que últimamente publico en Twitter, con la esperanza de que Calíope vuelva por aquí cada vez más a menudo.

Y gracias a ti por volver y no desesperar... O por volver desesperadamente.

servido por Eduardo sin comentarios compártelo

23 Febrero 2014

Inercia facial

-Tú tienes muy poca inercia facial.

Me lo ha dicho así, sin pensarlo, como quien te dice que tienes cara de sueño. Creo que la sorpresa que se ha dibujado entonces en mi cara al escuchar esa expresión ha tardado más en desaparecer. Y es que P había hecho un comentario ingenioso que me había provocado una sonrisa que ha debido desaparecer de mi rostro demasiado pronto para su gusto.

Y me ha gustado el concepto de "inercia facial", es decir, el tiempo que tarda tu cara en cambiar de expresión una vez que desaparece el estímulo que la produjo. Es lo que ocurre cuando dos amigos se despiden con una sonrisa y echan a andar cada uno en una dirección distinta: ¿cuánto tiempo les dura la sonrisa? Habitualmente tres o cuatro pasos, quizá porque uno empieza a pensar inmediatamente en lo siguiente que tiene que hacer, quizá porque mantener la sonrisa en la cara exige el esfuerzo de varios músculos, quizá porque tenemos un raro pudor a que los demás nos vean sonriendo solos por la calle.

Sin embargo, el dolor y la preocupación tienen una inercia facial más fuerte y tardan bastante más en borrarse de la cara, tal vez porque el estímulo que los produce se queda clavado dentro. Así que agradezco de veras a P que me eche en cara (y nunca mejor dicho) mi poca inercia facial y procuraré entrenarme a partir de hoy para sonreír durante más tiempo, incluso cuando vaya solo por la calle.

servido por Eduardo 4 comentarios compártelo

5 Febrero 2014

La mano de la hormiga

Descubrí los microrrelatos cuando estaba en 2º de BUP (4º de ESO si eres demasiado joven para situarte) gracias a A. T., mi profesor de Literatura (sí, por aquel entonces la Literatura tenía una asignatura para ella solita) que me dejó un libro titulado La mano de la hormiga, una recopilación de cuentos brevérrimos de menos de una página, hecha por Antonio Fernández Ferrer. Los había mejores y peores, claro está, incluso alguno probablemente sobraba, pero el conjunto era fascinante y sobrecogedor.

Pasó el tiempo, acabé convirtiéndome en profesor, empecé a dar Literatura (sí, yo llegué a dar clases de BUP y COU) y traté de transmitir a mis alumnos la pasión por los libros y por los microrrelatos, pero en vano busqué La mano de la hormiga: el libro había prácticamente desaparecido y no encontré ninguna biblioteca que lo tuviera. Cuando llegó Internet (sí, yo di clases antes de que existiese Internet) lo busqué alguna vez, pero con un resultado decepcionante. También volví locos varios años a los Magos, hasta que me di por vencido, aunque para consolarme fui descubriendo un montón de antologías de microrrelatos por Internet y también en papel. Una de las que más he utilizado en clase es la de Dos veces cuento, de Joseluís González: con cierta frecuencia al comienzo o al final de la clase leía algún microrrelato o los aprovechaba para hacer menos tediosos los dictados...

Pero ayer recibí un correo electrónico de J, antiguo alumno (sí, él también ha pasado ya de los treinta), al que, por lo visto, también logré inocularle el virus ("ya sabes que cambié mi rumbo profesional al mundo de la informática, pero aquella semilla que me dejaste, me ha permitido seguir devorando libros y procurar darle un toque más humano al mundo de la tecnología"):

Hola Eduardo,

Tengo desde hace mucho esta dirección tuya y realmente no sé si sigue activa y si esto llegará a alguna parte, pero yo lo intento, si me viene devuelto probaré por otros medios...

Hace unos años intenté encontrar un ejemplar de La mano de la hormiga, aquella antología de microrrelatos que me enseñaste hace tantos años en Los Olmos. Buceé y busqué y no conseguí nada.

Y después me cuenta cómo tras unas cuantas peripecias consiguió encontrar el libro, descatalogado desde hace más de diez años, lo ha editado para la página www.epublibre.org y me manda el enlace para poder "descargártelo y compartirlo" y eso es lo que hago. Espero que lo disfrutes.

servido por Eduardo sin comentarios compártelo

25 Enero 2014

Ahora ya me gusta leer

En Navidad estuve por Madrid y pude quedar y hablar con unos cuantos amigos (no con tantos como me hubiese gustado, claro), pero hubo también algún encuentro inesperado.

Como el tiempo pasa y todos nos vamos haciendo mayores, mi hermano G, a punto de sus cuarenta y para celebrarlos, organizó un fantástico concierto en Segundo Jazz, un local con una personalidad muy particular (según ellos mismos). Como yo era el encargado de grabar el concierto, llegué con cierto margen y mientras saludaba a los pocos conocidos que había por allí se me acercó un tipo joven que debería rondar los 30 y en quien me había fijado al entrar porque su aspecto me recordó al de un profe al que hace tiempo que no veo, pero en seguida me di cuenta de que no era quien yo pensaba. Sin embargo, él sí me había reconocido y me abordó sin mucho preámbulo:

-Tú eres Eduardo Ares, ¿no?

Ante una pregunta-afirmación de ese tipo el cerebro se me suele poner a carburar a toda velocidad para encontrar alguna pista que me facilite la solución del enigma y así evitar quedar como el desconsiderado o el despistado que probablemente soy. Como se me debieron de notar la sorpresa y el esfuerzo memorístico, trató de ayudarme:

-Me diste clase en Los Olmos...

Era una pista, qué duda cabe, pero en Los Olmos di clase durante diez años y pasaron por mis manos unos cuantos cientos de alumnos, así que acabé por rendirme y balbucí avergonzado:

-Pues la verdad es que ahora no caigo en quién eres...

-Soy X.

Y entonces, gracias al poder mágico y evocador que tienen los nombres, empezaron a llegarme algunas imágenes al exhausto cerebro y se fue haciendo poco a poco la luz. Recordé a un chico con más kilos, menos barba y más pelo... Para verificar que mi identificación había sido correcta, no se me ocurrió otra cosa que lanzarle a mi vez una pregunta-afirmación:

-Pero... tú eras un macarra, ¿no? -dije antes de que me diera tiempo a arrepentirme.

No sé por qué "macarra", que es una palabra que creo que no utilizo desde hace mucho, fue la que se me ocurrió para decir que en el aspecto académico dejaba mucho que desear... Y no solo en el aspecto académico: pitillos a escondidas y a no tan escondidas, pellas, quizá alguna respuesta provocadora, pasotismo exagerado...

-Hombre, tampoco tanto... -me respondió sonriente-. La verdad es que sí que andaba un poco despistado.

Y me fue reconstruyendo su historia: le di clase en 2º de Bachillerato y suspendió todas, me recordó que en aquel tiempo yo llevaba una bata (nunca he sabido por qué los de Matemáticas se ponen más la bata que los de Lengua) en la que, en el lugar del nombre, había grabado "Carpe Diem"... Después de aquel año, se fue a otro sitio a hacer un grado medio que tampoco le sirvió de mucho, pero poco a poco se fue dando cuenta de que así no iba a ninguna parte... Desde hace cuatro años trabaja en Correos como cartero y, aunque se está planteando buscar otra cosa porque cada vez hay menos cartas, procura haber bien su trabajo porque considera que es la forma de prestar un buen servicio a los demás.

-Ahora ya me gusta leer -me lo dijo con orgullo y quizá como pidiendo perdón por los disgustos del pasado. Pedro Páramo era uno de los últimos libros que había leído y ahora estaba con Huxley. Se ha convertido en un hombre con inquietudes y sin móvil.

Y es difícil de explicar la alegría que te da encontrarte, o mejor dicho que te encuentre, un alumno doce o trece años después y descubrir que en educación nada se pierde (me gusta imaginarme que, en el fondo, conseguimos meterle la semilla de lectura, aunque tardó en despertar). Además, él no fue allí por casualidad. Una amiga suya le dijo que iba a colaborar con el cajón en un par de canciones en un concierto de Gonzalo Ares...

-¿Gonzalo Ares?... ¿No será el hermano de Eduardo Ares?

-Pues no sé -le había respondido ella-. A lo mejor, porque también vivía en Moratalaz...

Y X había ido al concierto con la "ilusión" de encontrarme. Y eso te deja patidifuso y un tanto avergonzado a la vez que agradecido, porque seguro que tuvimos más de una bronca. Sin embargo, cuando pasa el tiempo, no quedan las broncas, sino el cariño y el agradecimiento y uno sigue aprendiendo mucho de sus antiguos alumnos.

servido por Eduardo sin comentarios compártelo


Sobre mí

Avatar de Eduardo

LA VIDA ES CUENTO

Madrid, España
ver perfil »
contacto »
@Edu_Ares -- Me llamo Eduardo Ares, soy filólogo clásico, narrador oral escénico y me he dedicado 17 maravillosos años a la enseñanza: diez en Los Olmos, tres en el IES Valdebernardo y cuatro en el IES Anselmo Lorenzo... Pero la vida es cuento y ahora mismo he pedido una excedencia para emprender una nueva aventura vital... Este blog nació en mayo de 2006, cuando me estaba preparando el examen de las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura y últimamente va un tanto a trompicones, como a veces les pasa a los cuentos y a la vida.

Fotos

Eduardo Ares todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera